martes, 14 de abril de 2015

El despiadado mundo de las farmacéuticas



Cuando un estudio científico para el desarrollo de un fármaco está financiado por una compañía farmacéutica, el resultado tiende a favorecer al producto fabricado por esa misma compañía. Este desequilibrio no existe en los estudios financiados por otras fuentes (exactamente lo mismo sucede con los alimentos). Hay una presión económica, una mano fantasma, que puede dirigir experimentos en principio puramente científicos, y por lo tanto objetivos, y convertirlos en ciencia mal hecha para favorecer los intereses de unos pocos.

Llama la atención como en la década de los noventa un fármaco llegó a convertirse en la estrella de la farmacéutica Eli Lilly. Hoy en día lo seguimos conociendo por el nombre de Prozac. Sus ventas alcanzaron, en 1993, unos 170.000 millones de las antiguas pesetas y  10 millones de humanos consumían cada día una cápsula de Prozac. Una «píldora» que, al menos en EEUU, se convirtió en un auténtico fenómeno social.  

La fama adquirida por Prozac se debe a muchas causas. Quizá la más relevante sea la supuesta seguridad del producto y la publicidad masiva que se le dio.
Existe una distorsión entre la información que ofrecen las farmacéuticas sobre sus productos y el resultado real. Lo Importante, por encima de todo, son las ventas. Productos como el Prozac, no están apoyados por la investigación científica, sino por la publicidad engañosa y el capitalismo.
A la hora de comprobar si un nuevo fármaco es potente y eficaz, lo correcto es cotejar sus efectos con las mejores drogas ya existentes en el mercado. Sin embargo, lo que se hace en muchos casos es comparar al candidato simplemente con un placebo, o utilizar dosis no apropiadas del producto en investigación. Teniendo como resultado la manipulación a placer de los ensayos clínicos.

La tergiversación o el ocultamiento de información alcanza de manera escandalosa a muchos ciudadanos a través de las campañas de publicidad de algo tan delicado como los fármacos para tratar la depresión. Esta dolencia afecta a millones de personas en todo el mundo y su tratamiento habitual es el farmacológico, principalmente con sustancias que actúan sobre los niveles de serotonina.

La manipulación es sutil y supera alegremente los severos filtros que tiene la ciencia para la investigación y publicación de resultados.  
A pesar de que la realización física de los experimentos puede ser inmaculada, la interpretación de los resultados no lo es. Un descubrimiento o avance científico no se considera tal hasta que no se publica en una revista que posea un proceso de selección por revisión por pares. Sin embargo, muchos de los resultados de los experimentos financiados por compañías farmacéuticas no se publican nunca en este tipo de revistas, sino que lo hacen en congresos o simposios. A pesar de esto, los medicamentos son finalmente aceptados por las agencias oficiales correspondientes y puestos a la venta.

Los experimentos de laboratorio financiados por empresas farmacéuticas son de igual o mejor calidad que el resto, pero puede ocurrir que el diseño experimental sea erróneo, lo cual lleva a una interpretación errónea de los resultados (en este caso erróneo quiere decir favorable a los intereses de la compañía).
En este juego los médicos y psiquiatras pueden hacer poco o nada. A pesar de que, con su mejor voluntad, receten los fármacos que crean ser los mejores, pueden estar confundidos. Pero no confundidos por los visitadores médicos, sino por la letra pequeña de los informes científicos.

Un problema notorio desde el principio es el de concepto de “enfermedad”. Si se cree que la depresión es una enfermedad, ya no es solo que sea un problema orgánico, sino que además se supone que tiene una causa conocida. Por lo tanto, lo más lógico si se tiene la “enfermedad” es el tratamiento con medicación estableciendo la psicoterapia como secundaria o incluso innecesaria.

Muchos laboratorios universitarios no tienen más remedio que aceptar suculentas ofertas de las grandes compañías para seguir investigando, ya que los gobiernos son extremadamente inútiles para comprender que la investigación científica es algo que beneficia a toda la sociedad. La mejor solución sería convencer a los políticos de la necesidad de invertir en el desarrollo científico y tecnológico. Las ciencias funcionan a largo plazo, los políticos no.

Las personas que padecen depresión moderada o leve podrían obtener los mismos resultados si toman placebo o antidepresivos debido a la sugestión del ensayo. Es decir, que el hecho de que profesionales de la salud les presten más atención mejora su sintomatología obteniendo un efecto terapéutico. Sin embargo, el sistema sanitario no dispone de tiempo. Es más barato recetar que dar explicaciones. 

La supuesta efectividad y popularidad de los antidepresivos y el hecho de que nos encontremos en una “sociedad del bienestar” donde cualquier problema se puede solucionar instantáneamente con una pastilla, sigue y seguirá manteniendo su éxito de ventas. No existe ninguna “píldora” milagrosa.
¿Diría que estoy en contra de la medicación? No, estoy en contra de la medicalización de la vida cotidiana. 





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